martes, 23 de agosto de 2011

Las ragazzas y el elevatore




Como Alfredo Landa persiguiendo suecas. Mis suecas hablan italiano, que no es portugués, pero como éste en Portugal, el italiano es el segundo idioma más hablado en Torremolinos. El primero es el inglés. O el primero, al menos, con el que yo me topé sin esperármelo. El hombre, dublinés jubilado en Irlanda que se viene a la Costa del Sol a montar un negocio, ponía empeño. Pero del 'hola' no pasaba. Claro que la culpa es mía, que me eché a dormir y a la hora que había quedado con Sabrina y Alessandra, aún no había comido. Así que busqué el primer sitio abierto -será agosto, pero la hora de la siesta es sagrada también en la Costa del Sol- cerca del hotel y allí entré con la intención de comer cualquier cosa. No conseguí explicarle al hombre, pese al empeño que ponía, qué es cualquier cosa, así que me comí un bocadillo de english saussage with english mustard. Very hot, me advirtió el buen dublinés.

Y así, con el buche lleno y echando fuego por la boca me fui a buscar a las dos chicas italianas con las que había quedado. Una de ellas, Sabri, Bri para los íntimos, es mi principal lectora en el país de la bota. Y saber que alguien te lee siempre es agradable. Y conocerla, mucho más. Ale no habla español, aunque lo entiende... Presentaciones, café, besos (por cierto, anoten: los italianos se dan dos besos al saludarse, como en España, pero tocan primero sus respectivas mejillas izquierdas; conviene saberlo para evitar situaciones incómodas)... Ellas luego se fueron a la playa y yo, con algún retraso sobre lo previsto, a dormir mi siesta.

Pues sí, como Alfredo Landa en los setenta. Torremolinos no ha cambiado tanto. Los hoteles son de aquella época, tienen la decoración de aquella época y huelen como si fueran de aquella época. Y, para colmo, la señal de internet que ofrecen es de pago. Eso es algo que los hoteles deberían plantearse, que al precio que están los alojamientos, sobre todo en ciertas zonas, sobre todo en ciertas épocas, resulta muy ridículo y muy molesto para los huéspedes tener que pagar por el acceso a internet. No sé si han hecho cuentas, pero pagamos internet en el trabajo -a mí, cada mes, al menos, me llega un email de RRHH diciendo lo que le he costado a la empresa en gasto telefónico; tan ridículo como cobrar por usar internet en un hotel de cuatro estrellas, pero bueno-, en casa y en el móvil. Y encima tenemos que pagar por él en el hotel. (Aquí debería venir un emoticono de enojo, pero no sé cómo se hace).

Consecuencia: me he quedado sin batería en el móvil y he terminado pagando por acceder a internet desde la casposa habitación del hotel de cuatro estrellas Summa Fénix. Al menos, tiene acceso directo a la playa. Más o menos. He tardado sólo un día en descubrirlo. Claro que he estado sólo dos. El primer día no llegué a pisar la playa. Cuando estaba a punto de hacerlo, tras sortear por la calle San Miguel y el callejón del Tajo un desnivel de sesenta o setenta metros de altura y esquivar mil tenderetes de auténtico cuero de plástico chino -el olor, hay que reconocerlo, lo tienen bastante conseguido- y cuando enfilaba ya el último tramo hacia la playa del Bajondillo, sonó el teléfono: las italianas, que me llamaban para tomar algo antes de volver al hotel para cenar, cosas de traerlo tutto pagado desde casa en Monte Rotondo -discúlpame, Bri, si no se escribe así-, a unos veinte kilómetros de Roma. La continuación de la historia, o playa o italianas, se la pueden imaginar.

Pero al día siguiente estaba decidido a bajar hasta la playa. Yo soy de secano, pero ya que había llegado hasta allí, que menos que pasear por la arena sintiendo el agua fría de la mañana mojándome los pies... Le pregunté a la recepcionista del hotel el camino más directo para la playa y me dijo que el ascensor, nueve plantas más abajo de donde en ese momento me encontraba. Y era verdad, allí, a cincuenta metros del escensor, entre las sombrillas, hallábase el Mediterráneo. Y hacia allí que me dirigí. La arena no estaba muy caliente a esa hora, relativamente temprano, sandalias en la mano y pies por la orilla para sentir el agua del mare nostrum...

Sus muertos, la de piedras que tiene la jodida playa. A tomar por culo la arena, el paseo hasta la Carihuela lo terminé dando por el cemento del paseo marítimo. Luego regresé por el mismo sitio hasta la misma playa del Bajondillo, donde me paré a tomarme un espeto y un vaso de gazpacho, con dos cervezas bien frías. Las italianas seguían en el hotel almorzando el bufé que les había colocado el turoperador. El encargado me pasó para que firmara el manifiesto de defensa de los chiringuitos. Y así hice. Desconozco los detalles de la polémica, pero no estoy seguro, mirando las toneladas de hormigón que se levantaban a mi espalda, de si el problema son los chiringuitos o es que la solución ha llegado demasiado tarde, pero bueno. Después de comer el espeto y beberme el gazpacho y las cervezas, aquello me parecía lo más cercano a la gloria. Hasta que llegó la cuenta. La próxima vez te va a firmar tu p... (Nota: tuve mala puntería, en Torremolinos hay sitios en los que se come muy bien y a precio muy razonable).

Y no ha hecho calor ni nada, cagoentó. El propio de Sevilla, con la humedad del Mediterráneo. Hablando con Sabrina me he acordado de Silvio I y único, rey de los rockeros. Era a propósito del calor y de su canción Sureños, cuando dice que aquello de que "somos víctimas propicias de una antigua maldición, hemos de ganar el pan con el propio sudor; menos mal que aquí en Sevilla, la vida tengo ganada, porque con tanto calor sudo aunque no haga nada". Y ahora que me he decidido a pagar una hora de acceso a internet, sigo acordándome de Silvio y parafraseo otra canción suya para titular esta entrada. Tú sabrás disculpar mi herejía.

Y la moto... En la puerta del hotel, aparcada desde que llegué. Queden con Dios.

lunes, 22 de agosto de 2011

Parada y fonda


Éste es el blog de un viajero en moto. Eso dice el subtítulo, casi ilegible -cualquier día me pongo y capaz soy de dejarlo resuelto-, bajo el nombre genérico del mismo. Pero en realidad no sé para qué escribo ni para quién. En principio, para mí, sí, vale, de acuerdo. Pero es mentira. Atrás quedó la época de los diarios íntimos, casi secretos, que uno escribía para que nunca los leyera nadie. Internet nos ha vuelto un poco exhibicionistas. Y también algo voyeurs, que es la otra cara de la misma moneda. La experiencia del viaje es siempre íntima y siempre diferente respecto a la que pueda tener otra persona, por mucho que los lugares por los que el viajero pase en su retiro vacacional, que eso es el viaje, sean los mismos. Un retiro, sí. Cambiar de aires, abandonar la rutina diaria, dejar de ver los rostros de siempre, probar otros sabores, otros sonidos, mirar otros paisajes, contemplar otros atardeceres... Buscarse a uno en el espacio más abierto posible.

Insisto en que no sé por qué ni para quién escribo estos textos sin pretensiones. No son para que una vez al año algunos hagan chistes sobre cómo el tiempo va dejando sus huellas en el viajero -que justo le echa un pulso al tiempo intentando conocer este mundo en el que el azar nos puso un día, antes de que termine la partida-, ni para que otros tiren de ese repertorio tan manido como vacío y nos digan que tengamos cuidado con la carretera o nos pidan fotos y más fotos...

En este blog con frecuencia me he desnudado. Quizá demasiadas veces. A veces me he sentido como en esa pesadilla recurrente en la que uno, de repente, se percata de su desnudez en medio de un entorno en el que nadie, sólo él, muestra su intimidad. No me produce, sin embargo, pudor. Busco las emociones, quiero sentir, no sólo conocer. Porque en cuatro días nos vamos todos a hacer puñetas. Y cuando me llegue el turno, quiero tener la certeza de que yo he puesto todo de mi parte para sacarle el máximo jugo a la experiencia absurda y hermosa de la vida.

Quizá fuera eso, sí. El reto de hacer cosas que parecían una locura: viajar solos, la moto y tú; llegar a donde la mayoría no se atreve; hacer divertido lo que otros hacen de forma rutinaria. Es muy fácil ir a Londres en avión, pero yo aparqué mi moto en Covent Garden.

Este blog no es una guía de viajes, que ya existen, en las que se recomiendan os mejores restaurantes en los que comer y los mejores hoteles en los que dormir. Ni es un localizador de rutas, que para eso hay libros y sitios webs muy buenos. Ni los relatos que en este blog se vuelcan empiezan necesariamente con la hora del desayuno y terminan en el momento de apagar la luz para dormir, previo inventario de kilometros recorridos, litros de gasolina consumidos por las motos y jarras de cervezas engullidas por sus propietarios en cada jornada.

Sólo puedo viajar en verano, como la mayoría. Y el viaje de este año, por as razones comentadas en entradas anteriores y otras que no vienen al caso, no ha podido ser como se planeó. Pero la moto permite la libertad de arrancarla y dejarte llevar. Estos tres días en Lisboa han sido excepcionales. Pero no nos ha descubierto muchas cosas que no conociéramos. Algunas sensaciones sí las hemos revivido, como el sobrecogedor paso por el puente 25 de Abril, y otras han sido nuevas, como recorrer los 17 kilómetros -doce de ellos sobre el agua- que tiene el puente Vasco da Gama. Pero en Lisboa ya habíamos estado en ocasiones anteriores, incluso en moto.

Sigo viajando. En unas horas vuelvo a dejar Sevilla. Esta vez no sé a dónde iré.

domingo, 21 de agosto de 2011

Sabores de Portugal


En cuanto percibes el sonido del fado o el sabor del cilantro, sabes que estás en Portugal. Lo que no significa que ni el fado ni el cilantro sean necesariamente lo mejor que este país puede ofrecer. Respecto al segundo, bastaría con que redujeran su presencia en cualquier carta, incluso que lo hicieran desaparecer de algunas recetas, por qué no. Un sabor tan fuerte puede llegar a matar cualquier otro. Hasta el del bacalao. Hasta el de las almejas. Hasta el de la pudrición...

Y respecto al fado... Está bien en dosis pequeñas. Casi mejor en un disco que en una casa de fados. Pero hay que probar de todo para poder elegir. El fado, como el flamenco, exige ciertas dotes vocales y musicales. Un voz profunda, rota, grave y experimentada, que transmita vida vivida... Cuando la tía se va y llega la sobrina, el fado no suena igual, por mucho que a la muchacha la adornen otras cualidades.

Debía ser muy diferente escuchar a Amália Rodrigues en un teatro...

Las chicas


Las chicas, nuestras chicas, se están portando estupendamente. Desde que salimos de Sevilla, aunque este viaje no ha sido precisamente una proeza motera, es una satisfacción -y tranquilidad- saber que no importan las cuestas, los empedrados o los vendavales costeros. Se mantienen firmes, estables, y siempre con nosotros. Lo cual, aunque queramos, no siempre es fácil...

Y como no estamos recorriendo grandes etapas ruteras, no se nota -tanto, dice Ignacio- la diferente autonomía que tienen. Escarmentado del viaje pasado, cuando llegamos hasta el centro de las islas británicas con algunos sustillos de suministro en Francia, ya traía preparada una solución de emergencia. Aunque mi compañero motero no tiene muy claro que un macarrón de plástico de dos metros y un embudo sean convalidables por un depósito mayor...

Una amiga las denomina -cariñosamente-, "las vespas". Otra, motera y especial, también las llama como se titulan estas líneas. Y, aunque también tenemos algunas "opositoras" muy cercanas, a todas, les mandamos un beso desde "las chicas", nuestras chicas.

sábado, 20 de agosto de 2011

Volado voy, volando vengo


¿Qué no debe hacer nunca alguien que viaje en moto? Conducir con lluvia, conducir con viento y conducir con una visibilidad reducida. Y las tres cosas las hemos hecho camino del Cabo da Roca, el punto más occidental de Europa; más allá, sólo hay Océano Atlántico. Es obvio que no lo hemos buscado. Y es obvio que no ha sido ni tanta agua, ni tanto viento (al menos no más que el que hemos sufrido en otras ocasiones), ni la visibilidad era tan escasa, sólo la propia de un día con el cielo lleno de nubarrones negros.

Es lo que tiene viajar en moto, para lo bueno y para lo malo. Que los planes se van cambiando constantemente: unas veces por voluntad propia, y otra por las circunstancias que lo rodean. La ruta de los cabos, que iba a empezar en el Cabo da Roca, continuaría por el de Espichel e iba a terminar en el Cabo de San Vicente, empezó a malograrse muy de madrugada. A eso de casi las 2 de la mañana. No hubo forma de encontrar un alojamiento razonable en todo el Algarve para esta noche. Pagando a 230 euros la habitación sí lo había; no mucho, pero algo había. Pero a precio razonable, no.

Consecuencia: Nos olvidamos del Cabo de San Vicente, volvemos a hacer noche en Lisboa, y ya Dios dirá. Y dijo Dios 'agua va'... Las primeras gotas cayeron durante el desayuno. Cuatro gotas, nada serio. Los zapatos de las motos están nuevos, nuestro dinero y nuestros disgustos nos han costado, no hay que preocuparse. En internet, la web del tiempo de Yahoo daba sol; la de El Mundo, sol también. Los americanos de weather.com decían que había entre un 50% y un 60% de probabilidade de lluvia. No iba a ser fuerte; sólo a partir de las 17 horas llovería con algo más de intensidad, aunque la probabilidad se reducía a un 40%. Y acertaron. Optimistas por naturaleza (y porque no nos íbamos a quedar todo el día en el hotel para no mojarnos como dos gremlins), nos pusimos en carretera.

Precioso el camino hasta la hermosa ciudad de Sintra, carreteras sinuosas y frescas, entre bosques de árboles altísimos. Empezó a llover cuando nos acercábamos al Palacio da Pena. Éramos, aunque mojados, la envidia de quienes trataban de llegar a pie hasta el que quizá sea el palacio más famoso de Portugal. Las motos aparcadas en la puerta misma del recinto. Más cerca, tendría que haber sido en las caballerizas del palacio. Desde el Palacio da Pena se ve el mar. Una tormenta perfectamente dibujada sobre el agua atlántica se acerca hacia nosotros. Renunciamos a visitar el palacio por dentro, con la entrada pagada, en un intento vano por huir de la tormenta. No nos da tiempo. Ya que estamos, mejor hacemos tiempo a que escampe dentro. El interior del palacio no tiene ningún interés, es como la mayoría: salón de embajadores, cuarto de la reina, cuarto del rey, cuarto del secretario de la reina (ésta se tenía que poner las botas), de las damas de compañía...

Bajamos de nuevo para comer en Sintra. Se desata un vendaval, las sombrillas que cubren los veladores salen literalmente volando. Renunciamos a visitar los dos cabos que aún estaban en nuestras agendas. En ese momento, el viento amaina. Nos miramos. ¿Quién dijo miedo? Cogemos las motos y ponemos dirección al Cabo da Roca. Hace viento, pero es soportable. De nuevo, bajando de Sintra (la ciudad se enclava en una sierra que es parque natural y lleva su nombre), el paisaje precioso, las curvas sinuosas, los árboles altísimos, las pendientes criminales y el suelo mojado y lleno de hojas muertas de los árboles. Todo se olvida al llegar al Cabo da Roca, donde algunos estiran los músculos después de una dura ruta de senderismo y una pareja se jura amor eterno y se promete mutuamente ir juntos hasta el fin del mundo, mientras todos los demás hacen cola para fotografiarse junto a la placa que recuerda que más al oeste sólo hay agua y un continente llamado América. Todo se olvida... hasta que llega el momento de emprender la marcha de regreso. Al cabo Espichel tampoco iremos en esta ocasión, que el viento sopla demasiado fuerte.

A las 17.00 horas, en el hotel. Al menos, hoy dormiremos la siesta.

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Otrosí:

No pasa nada por firmar los comentarios que por cierto, son pocos y poco variados.

Lisboa en moto


Lisboa no es una ciudad para las motos. Con sus empinadas cuestas, su adoquinado tan característico, sus raíles del tranvía, su abandono... Meterse en Alfama es toda una aventura. En el GPS aparece dibujado un laberinto de callejas de pendiente indescifrable. Emilio trata de averiguar los arcocosenos de las calles que suben y bajan del Castillo de San Jorge, en un intento inútil por averiguar qué porcentaje de pendiente hemos subido. Imposible. Desde el mirador de Gracia se ve la capital portuguesa casi entera. Los alrededores de Madredeus, al otro lado del castillo, se nos escapan. Empieza a oscurecer y las luminarias le confieren a la estampa un aspecto fantasmagórico, que atrapa. Pero hay que irse, que se nos echa la hora encima.

Hay que ver lo que hemos subido y lo que hemos bajado. Allí se ve el Bairro Alto, donde hemos decidido cenar. Lo hacemos en O Minhoto, en lo más alto del Bairro Alto. Los carteles dicen que allí tiene su sede la asociación portuguesa de amigos de la Pan-European. No sé cómo lo hacen, porque las motos allí no llegan. Las nuestras están aparcadas en la Plaza de Luis de Camoes, a unos metros del Largo do Chiado, donde Pessoa sigue haciéndose fotos con los turistas sin torcer el gesto. Decenas, tal vez centenares de jóvenes se citan en el botellódromo oficial de Lisboa, antes de subir hacia el Bairro Alto a por caipirinhas, mojitos y otros cócteles. Fuera de España, los cubatas son otra cosa.

Nos ha costado bastante llegar hasta allí. Bajar de Alfama (léanse las entradas del anterior viaje a Lisboa) es toda una aventura. Calles estrechas, muy estrechas, empedradas más que adoquinadas, parcheadas de asfalto viejo, con pendientes de montaña rusa y recorridas por las vías de un tranvía que en ocasiones te persigue y en ocasiones se dirige hacia ti de frente. Trampas mortales para las dos ruedas. No es difícil que a diario alguna moto termine dando con las defensas en el suelo, nos cuentan los lugareños. Nuestras motos de carretera no están diseñadas para callejear por vías así. Los 400 kilos que pesan la moto y el motorista bajan en primera desde el mirador, frenando el descenso con el motor y con los frenos. El acelerador no se usa. Tampoco se respira en algunos tramos.

Luego están las grandes avenidas nuevas que también tiene Lisboa. Son eso, grandes y nuevas. Sólo eso. Fuera del caso histórico más histórico no hay calles empedradas. Pero el firme de asfalto es, por lo general, malo. Hundido, bacheado, parcheado... Por no hablar de la sincronización de los semáforos. De la que no tienen, vaya...

Lisboa no es una ciudad pensada para las motos. Pero a nosotros eso no nos importa.

viernes, 19 de agosto de 2011

Fado

Esta noche, fado. Desgarrador fado. El cante jondo portugués. A cincuenta euros la cena, a 25 sólo el espectáculo. Bueno, si uno odia la Anselma es porque ha ido. En esta vida hay que probarlo todo. O casi todo. Los guiris se van contentos de los tablaos en Sevilla, pese a la clavada. Y qué somos nosotros en Lisboa, sino guiris. Rudos y viajados moteros... guiris, capaces de sorprendernos con el precio de la gasolina y los pateis de nata de Belem. No los recordaba yo tan ricos, la verdad. Y hoy me han sabido a gloria. Como el almuerzo, en esa pequeña taberna cerca de los Jerónimos, mais portugués, tal vez, que el fado que oiremos esta noche. Quién sabe...

Mañana volveremos a rodar, seguramente. Lo terminaremos de decidir durante la cena. No es que hayamos dejado de hacerlo, que por Lisboa nos estamos moviendo con las motos. pero mañana robablemente carguemos los equipajes de nuevo para hacer una ruta de acantilados. Primero, Sintra. Y luego, si podemos, tal vez el cabo Espichel, el cabo da Roca, el punto más occidental de Europa, el cabo de San Vicente...

Gastronomía portuguesa




Primer encuentro

Nuestro primer encuentro con la gastronomía portuguesa, ciertamente, no fue muy afortunado. Después de un par de paradas rápidas para beber algo, decidimos comer a unos 120 kilómetros de Lisboa. Tentados por un sugerente cartel de "Carne asada en pan de la región", decidimos pedir sendos bocadillos con la esperanza de un pequeño homenaje para los viajeros. Solo quedaba uno, así que hicimos el reparto como buenos amigos, con el clásico "escoge tú, para mí la otra...". Y me tocó degustar el manjar. Sin embargo, una vez sobre la mesa, el suculento bocadillo tenía un aspecto -por su rigidez y textura- cuando menos "curioso". Tras varios intentos masticando, inútiles de todo punto, con y sin mayonesa, con y sin pan, nos preguntábamos de qué clase de bicho podrían proceder tales filetes. O lonchas, O lo que fueran. Mientras Ignacio se reía disfrutando una honrada baguette vegetal, a mí se me venían a la cabeza algunos desayunos en la Cartuja. Y, por analogía, llegamos a la conclusión de que era ... ¡carne de orco! Sólo de los seres mitológicos que excavan las proundidades de la tierra media de Tolkien podían proceder esos manjares... Y, por supuesto, la lechuga que lo acompañaba también poseía un indudable interés botánico -y arqueológico-. A juzgar por su color debe ser de los brotes del segundo o tercer día de la Creación ...
En fin, quizás si nos hubiéramos fijado en el nombre, "O cavalo lusitano", hubiéramos intuído que era mejor pedir dos croissant. Eso sí, al salir son muy educados y desean muchos parabienes a los viajeros. Nosotros, con no llevarnos algún estafilococo guasón que nos tenga sentados toda la tarde...



La redención

Un magnífico bacalao dorado. En la Cervejaria Trindade, nos ha salvado el día y nos ha reconciliado con los fogones lusitanos. Vaya homenaje bien regado con cerveza bien fría.


Hermosa y abandonada





Lisboa está como siempre. Como la recordaba. O casi. Su mitificado y sempiterno abandono sigue intacto y hermoso. Continúa siendo una ciudad sin prisas pero con gente que va y viene, que busca, que encuentra, que pasa, que se queda. En la Baixa, una joven toca una guitarra acústica y canta mientras unos pocos la observan, alguno le da unas monedas y la mayoría la ignora. Como al músico anónimo que emula a Miles Davis con una careta de cartón que oculta su identidad y su historia, cual fantasma de la ópera lisboeta. La luz del atardecer realza los amarillos y azules de las fachadas en la Praça do Comercio, donde viejos lobos de mar se entremezclan con los turistas en la contemplación de ese Tajo inmenso en la hora en que muere el día.

El tranvía de toda la vida sigue recorriendo las empinadas y empedradas calles de aceras de mosaico, y hasta se ve algún biscooter cruzando del Chiado a Alfama. En Brasileira, los turistas siguen haciendo como que conversan con la estatua de un Pessoa al que no habrán leído. Incluso muchos no sabrán ni quién es el señor del sombrero y mesa privilegiada en pleno corazón del Chiado Las colas en la Cervejaria Trindade, que cumple 175 años, se repiten día tras día desde quién sabe cuándo.

Pero algo ha cambiado en Lisboa. Seguramente en Portugal. Tal vez la crisis... No pretendo volverme ahora guardián de la moralidad, sólo soy testigo de algo que nunca antes había vivido en esta ciudad a la que cada día amo más. En la Baixa, que viene a ser algo así como la calle Tetuán en Sevilla, salvando las distancias, al paseante le ofrecen droga con la naturalidad con que en el cruce de Albareda el cuponero vende iguales. Bellotas de hachís, farlopa, a buen precio, te regalo un poco para que la pruebes... A plena luz del día, en las narices de la Policía. De visitas anteriores recuerdo escenas similares de madrugada en según qué calles del Bairro Alto. Nunca en la Baixa ni de día. Da que pensar.

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Otrosí:

La gasolina por estos lares está a 1,604 euros. Es mejor beber cerveza.

jueves, 18 de agosto de 2011

Boa noite

Ni Camino de Santiago, ni Praga, ni Bayreuth, ni ópera de Wagner... Lisboa y lo que venga. Los viajes son como la vida misma, no siempre salen como uno los planifica. Pero eso no debe suponer ningún fracaso, sino todo lo contrario: un nuevo reto. Como cada curva en la ruta. Como cada momento en la vida. Los sentidos puestos en lo que uno hace, no en lo que pudo haber hecho o en lo que hará algún día, que sólo el presente existe, y es efímero.

Llegar en moto hasta Lisboa no supone una gran proeza. Pero se trata de disfrutar de la carretera, de sentir otra vez el viento en la cara, de oler el campo y beber el vino, de contemplar atardeceres únicos, de sentir la libertad de detenerse allí donde a uno le plazca... Las circunstancias nos han hecho replantearnos el viaje a Bayreuth a última hora. Sobre todo a la vuelta, cierta premura de tiempo nos iba a obligar a recorrer demasiados kilómetros cada día en una contrarreloj por llegar en tiempo y hora a las obligaciones que nos esperaban en casa. Y viajar en moto es otra cosa: el viaje no se puede convertir en un problema y la moto en una carga.

Nuestro viaje, que comienza en unas horas, nos llevará a Lisboa como primer destino. Entraremos en Portugal por Rosal de la Frontera, recorreremos una preciosa carretera de poco tráfico a través del Alentejo, y sólo tomaremos autovía a unos cien kilómetros de la capital portuguesa, donde habremos de pagar un pequeño peaje para entrar en la hermosa ciudad de Fernando Pessoa por el impresionante puente colgante que lleva por nombre la fecha de la revolución según Portugal, 25 de Abril.

Allí nos espera la Brasileira de Pessoa, por supuesto, pero también el Chiado y la Baixa, la Praça do Comercio, que se abre al Tajo donde éste pierde su nombre de río, el Castelo de Sao Jorge, Alfama y el fado, la Torre de Belem, los Jerónimos y su estilo manuelino, la cervejeria Nova Trindade, la iglesia del Carmo, donde empezó la revolución, el museo de la Fundación Gulbenkiam, las playas de Cascais, el cabo Espichel, propiedad del viento, Sesimbra y Sintra, con su Palacio da Pena... Y sobre todo, el tiempo.

Después ya veremos.

Ahora toca repasar (de nuevo) el equipaje. Los papeles de la moto, la documentación personal, el segundo juego de llaves, por lo que pudiera pasar, los cargadores de la cámara, el móvil y el ordenador, el GPS, las guías, el chubasquero, porque nunca se sabe, la ropa por supuesto, los pulpos para un por si acaso, el chaleco reflectante, las gafas y las lentillas... y a dormir. Boa noite.